Ese verano yo tenía doce años, había suspendido el dibujo y mi padre me impuso dibujar tres veces cada lámina del bloc de dibujo, cada lámina un día.
Era un castigo más que una forma de aprender a dibujar, sobre todo por el tono que usó al mandármelo. Hacía calor en el dos y no me gustaba el dibujo, era solamente una asignatura más que no se me daba bien.
Un buen día de ese verano, papá decidió hacer un viaje “de negocios” a Andalucía. Pongo las comillas porque él sabía bien cómo compaginar el trabajo y el turismo.
Como yo era, según él, “el único varón sobre la tierra” y no podía llevarnos a los ocho hijos a ese viaje, me eligió a mí. ¡Se acabó el castigo de las tres láminas diarias!. ¡Me iba con papá, estaría todo el tiempo con él!. De no ser más que uno más entre ocho a quienes papá y mamá tenían que dedicar parte de su escasa energía, pasaba a ser el privilegiado que podía estar con él todo el tiempo. Observarle mientras conducía, mientras negociaba con los clientes, quien recibía toda su atención. Fue una de las pocas veces, demasiado pocas, en que me sentí querido por él. La forma en que yo mejor entiendo que me quieren es que me dediquen tiempo, mi lenguaje del amor es el tiempo de calidad.
Salimos de casa a las cinco de la mañana.
Quinientos kilómetros en un dos caballos por una carretera que no tenía nada que ver con la actual. Solamente tenía un carril en cada sentido, especialmente pasando por Despeñaperros (papá dijo ese nombre al pasar y a mí me sorprendió mucho, creo que me contó que por allí tiraban perros no sé por qué motivo, también puede ser que lo haya soñado yo). Las colas que se formaban detrás de los camiones eran muy largas. Adelantar un camión era toda una odisea, un buen rato con el ruido en mi oreja derecha.
Pero era muy bonito, papá me dejaba coger el volante desde mi asiento, yo me sentía muy importante porque él confiaba en mí. Pocas veces más he sentido esa confianza. Lo que ahora creo que él siempre pensó de mí es lo que me dijo al volver y encontrarme llorando aquel día en que me dejó solo en el campo, al lado de la moto: “Este muchacho es medio bolo”. Y tenía razón, ese muchacho era medio bolo, para ser más preciso, autista, pero en aquellos tiempos, primeros años 60, a nadie se le ocurría pensar en esas cosas si los rasgos no eran muy evidentes.
Al pasar por Guarromán, él cantaba:
“Mi madre de la Carolina, mi padre de Guarromán,
mi madre de la Carolina, mi padre de Guarromán,
y yo del mismo Linares, y yo del mismo Linares,
en donde dice el refrán “tres buenos” hacen dos pares”.
Fingía acento andalú y cambió por “tres buenos” lo de “tres huevos”, que es lo que dice la cancioncilla, para no escandalizar mis tiernos oídos.
En Córdoba fuimos a ver el cristo de los faroles y la mezquita. Yo estaba con los ojos como platos. Ahí empecé a oír palabras como mihrab, imam, dovelas o arcos de herradura.
De Córdoba, no sé si vimos allí a algún cliente, a Sevilla.
Tengo un vago recuerdo de una entrevista con clientes en Sevilla, en un patio con zócalo típico de baldosines verdes y blancos. Poder estar junto a él mientras negociaba era un lujazo. Antes de la primera visita a clientes me dijo, muy serio, que dijera él lo que dijera, yo me estuviera callado, me “paece” que alguna que otra mentira tuvo que decir, de eso no me acuerdo.
Recuerdo mejor que subimos a la Giralda, nos contaron que se hizo una rampa en lugar de una escalera para que la reina pudiera subir a caballo. En Sevilla también fuimos a dar un paseo en jardinera. Pasamos por el parque de María Luisa y el barrio de Santa Cruz. Es un recuerdo precioso.
Me da pena hoy no poder hablar con papá. Es verdad que también me hizo, en su inconsciencia, mucho daño pero, en ese viaje, yo fui feliz o, al menos así lo recuerdo hoy.
Al salir de Sevilla, como era muy temprano y no pudo pagar la cuenta del hotel, dejó su carnet de identidad y una nota diciendo que haría una transferencia en cuanto pudiera. Así lo hizo a nuestra vuelta a Gálvez.
De Sevilla a Granada. Llegamos por la tarde y lo primero que hicimos fue subir hacia la Alhambra por el paseo de Gomérez. Recordar el ruidito del agua a esas horas, con esa temperatura tan agradable y al lado de papá no lo puedo describir, pero me hace, todavía hoy, llorar.
Al día siguiente, imagino que después de los negocios, fuimos a ver la Alhambra y el Generalife. En la Alhambra nos guió Marino Antequera quien había escrito un libro guía sobre la Alhambra y, no estoy seguro, sobre el Generalife. Él nos contó la historia de los Abencerrajes, de la que no recuerdo más que el nombre y nos habló de Boabdil y lo que su madre parece ser que le dijo al tener que abandonar Granada. Papá compró el libro, creo que todavía está en casa.
Papá, con su melodrama tan frecuente, recitaba aquello de:
“Dale limosna, mujer,
que no hay en la vida nada,
como la pena de ser,
ciego en Granada”.
A mí me impresionaba mucho.
Ya recuerdo poco más. Solamente que de Granada a Torredonjimeno (Jaén) fuimos por un camino, no sé si todo el tiempo. Cuando conducía, llevaba siempre un ojo en la carretera y otro en el campo: “Mira un conejo! Mira una liebre! Mira un milano!” En aquel camino vio una perdiz con diez o doce perdigones, paró el coche y me dijo que cazara alguno. Cogí dos, se los enseñé y les soltamos. Me habría encantado hacer zoología pero él prefirió que hiciera empresariales, por lo del negocio.
De Torredonjimeno solamente recuerdo que preguntó por una dirección y le indicaron en sentido contrario. Despotricó un buen rato sobre los andaluces, pero eso era normal entonces, seguramente en muchos lugares nos ponían a los castellanos a caer de un burro.
No recuerdo la vuelta hasta casa. Creo que suavizó el castigo de las tres láminas diarias o, por lo menos, él ya no comprobaba que las hubiera hecho. Lo que sí aprendí del dibujo ese verano fue a calcar y así fue como aprobé la asignatura en septiembre. Estaba prohibido pero a mí se me daba bien y esquivé la vigilancia de la profe.
Y, bueno, quería contar el viaje a Andalucía desde hace mucho tiempo y no lo había hecho más que a trocitos. Ahora ya está.
Ahora veo que su cumpleaños sería mañana. ¡Muchas felicidades, padre y muchísimas gracias!

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